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¿Qué diría Freud?

GINA MONTANER 

Josef Fritzl ahora es el ”monstruo de Amstetten”, pero durante mucho tiempo sus vecinos y conocidos lo trataron como un ciudadano cualquiera. A medida que sabemos más sobre este espeluznante caso de incesto y secuestro en Austria, resulta difícil contener la náusea por los abusos a los que este hombre sometió a su hija Elizabeth y los siete hijos que tuvieron como producto de las repetidas y sistemáticas violaciones que la muchacha sufrió desde los once años.

Ahora Elizabeth, que ya es una mujer en la cuarentena, se recupera de las heridas físicas y sicológicas en una clínica, pero desde los dieciocho vivió encerrada en un sótano junto a los pequeños que traía al mundo y que luego su padre le arrancaba como una perra recién parida a la que le quitan los cachorros. Junto a ella se quedaron tres de sus niños y, como en el más terrible de los cuentos de horror, los cuatro vivieron aislados y sin ver la luz del día como criaturas de las catacumbas.

Durante un cuarto de siglo Josef Fritzl condenó a su hija a vivir un vía crucis particularmente aterrador. Es inútil buscar explicaciones y motivos en el estado mental del padre incestuoso. Fritzl calculó hasta el último detalle de la historia inventada para justificar ante su familia la súbita desaparición de Elizabeth. El ingenioso electricista planificó y diseñó con cuidado el zulo en el que encerró a su prole en calidad de padre y abuelo a la vez. Tanta era su frialdad que se molestaba en comprar los víveres para los habitantes del sótano en otra localidad, con la intención de no levantar sospechas. A pesar de su complicada doble vida (los siete hijos habidos con su esposa por una parte y la familia paralela que formó en los bajos de su inmueble), el individuo tenía tiempo para veranear en Tailandia, paraíso del turismo sexual más rancio y descarnado.

En el amplísimo espectro de los extravíos sexuales que muestran los machos de nuestra especie (desde la pedofilia a la zoofilia, pasando por el sadismo y la violación), el incesto ocupa un primer lugar en la lista de prácticas tabú que la sociedad castiga con mayor severidad por hacer saltar en pedazos el curso natural de la estructura familiar. Josef Fritzl es el ejemplo clásico y de manual de quien carece de lo que su compatriota, Sigmund Freud, llamó el super ego. O sea, la conciencia moral y ética que sirve de freno a nuestros impulsos más bajos y primitivos, los cuales dormitan en el id. Pues bien, Friztl es un amasijo narcisista y ferozmente egoísta de id o ello, que opera única y exclusivamente con los principios del placer y la gratificación instantánea. Por eso no tuvo reparo alguno en poseer a su hija cuando ésta empezó a despuntar en la pubertad, a la vez que sometía a su esposa y, muy posiblemente, a cuanta hembra ha podido tener a su alcance a lo largo de su vida, incluyendo la legión de menores que son obligadas a prostituirse en la exótica Tailandia.

Como tantos abusadores en mayor o menor grado, Josef Fritzl es autoritario, violento y manipulador. Los que vivían con él le temían y sus deseos y caprichos eran órdenes. Sólo así, por medio de la intimidación y la amenaza, el tipo abusivo puede salirse con la suya en todo momento. Es imprescindible destruirles a los otros la autoestima y el ego para alimentar ese id insaciable. Lo hizo con su mujer y con los siete hijos que, aunque veían la luz del sol, en cuanto pudieron abandonaron la casa paterna. Y lo perpetró doblemente con su hija secuestrada y los vástagos que engendró con ella.

Josef Fritzl es el retrato robot del monstruo por excelencia. Ni el más retorcido de los escritores habría podido imaginar un personaje tan siniestro y hediondo. Pero no olvidemos que en el amplio espectro de las monstruosidades de carácter sexual que los machos de nuestra especie perpetran, esta cruel perversión se sitúa en uno de los extremos de un océano de depravaciones. Quiero pensar que Freud no habría perdido su tiempo en psicoanalizar un saco de basura.

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